No es necesario recurrir a la última película de Ang Lee (Taiwán, 1954) para ver el impacto global que tienen sus proyectos. Con ‘La vida de Pi’ (2012), la complicadísima adaptación cinematográfica de la novela homónima de Yann Martel, su obra continua por la senda del éxito, tanto a nivel chino, como a nivel mundial.
El cine moldea su vida tanto como la influencia cultural de los Estados Unidos, a los que se desplazará para continuar sus estudios cinematográficos comenzados en Taiwán. Desde su primer filme, ‘Pushing Hands’ (1992), la relación entre China y América, a niveles cultural, personal e intelectual, sobrevuelan o atraviesan su cinematografía.
Es, probablemente, este vínculo, el que le ayuda en su camino hacia la fama, pues pronto es tentado por Hollywood, industria que conquistará, tras el fiasco de ‘Cabalga con el Diablo’ (1999).
Primero lo hace desde fuera, en su vuelta al cine puramente chino, con ‘Tigre y Dragón’ (2000), película que eleva el genero wuxia a su máximo exponente en términos visuales y luego con ‘Brokeback Mountain’ (2005), una elegía sobre la homosexualidad de dos cowboys, con la que demuestra finalmente su capacidad y dominio del lenguaje fílmico puramente americano.
A día de hoy, ha estrenado ya doce títulos, en lo que es una prolífica carrera con algún altibajo, pero que le ha consolidado como uno de los directores de cine chinos más influyentes a nivel mundial.
A lo largo de su trayectoria, cabe señalar su versatilidad y su capacidad para absorber y modelar realidades que no le son propias, como en ‘Sentido y Sensibilidad’ (1995), una más que notable adaptación de la novela de Jane Austen, o más recientemente, ‘Destino: Woodstock’ (2009) y la ya mencionada ‘La vida de Pi’ (2012), últimas películas de un director de quien conviene seguir la pista, pues sus obras son sinónimo de calidad.
En 2013 Ang Lee ha recibido un Oscar al mejor director por su adaptación de la obra “La vida de Pi”. “La vida de Pi” ganó también los premios a la mejor música original, compuesta por Mychael Danna, a los mejores efectos visuales y a la mejor cinematografía, del chileno Claudio Miranda.

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