Dalio Alli Publicado el . Última actualización el

Dailo Allí: “China, un gigante en construcción”

La historia real de un día cualquiera en Beijing se antoja a veces tan inesperada y serpentina como la más imaginativa novela de ficción. En mi primer recorrido por la ciudad -con la cara aplastada contra el cristal del taxi y los ojos asombrados ante la nueva silueta del horizonte recién descubierto-, vi varios grupos de hombres y mujeres que rondaban por las esquinas, mirando con soslayo a los coches de lujo con cristales tintados que paseaban la soberbia que da la riqueza aprendida a escondidas de los abuelos. Ancianos que crecieron enarbolando la bandera del comunismo y que ahora conviven con una generación malcriada por el capitalismo de “nuevo rico”.

Los ejecutivos con trajes hechos a medida en el Mercado de la Seda caminan a gran velocidad por Jianguomen emulando a cualquier “gurú” financiero de Wall Street, sorteando las bicicletas rebosantes de chatarras que se mueven por todas las vías de la ciudad empujadas por el ritmo cardiaco de una urbe en plena forma física, aunque aquejada de un leve amago de pulmonía ambiental. La caprichosa variedad de estilos, formas y sonidos se cuelan en el visitante hasta llevarle por un tiovivo lleno de color que al final del día provoca un leve mareo debido a las constantes rotaciones de los micromundos que hay detrás de cada esquina; un vértigo parecido al de un niño tras haber pasado algunos minutos en una montaña rusa. Y es que China vive en constante cambio.

El importante lavado de cara que la ciudad se ha impuesto como si se avergonzara de su perfil -temiendo los ojos acusadores de occidente-, dibuja un escenario tan cambiante que todo adquiere olor a provisional, a pasajero. El olor a recién pintado deja una mancha que contrasta con los colores gastados por el viento y las tormentas de arena. En Beijing, el tránsito desde el más bello paraje hasta la desolación de las formas impersonales sucede siempre expeditivamente, como si en la nueva arquitectura no hubiera espacio para las gradaciones intermedias. Aún así, lo cierto es que después de las Olimpiadas las grúas que hoy forman el horizonte de Beijing habrán desaparecido tras acabar de gestar esos edificios monótonos de acero y cristal que estremecen a los beijineses con una distancia vertical que adelgaza sus formas a medida que crecen en altura.

También creo que desaparecerán los cascos amarillos de los obreros que se ven corretear día y noche por los rascacielos aun desnudos. Y los taxistas ya no estarán ansiosos por aprender algunas palabras en inglés con las que atender a los visitantes olímpicos y así engrandecer la imagen de su patria. Esa emocionante fuerza que ha unido al pueblo chino en torno a las cinco anillas olímpicas se habrá desvanecido a tanta velocidad que sólo quedará el recuerdo breve de algunas caras. Como esas que vemos que se quedan atrás mientras nuestro tren avanza hacia la siguiente estación de metro. La próxima parada de China aún está en construcción.

Dailo Allí, presentador de los informativos del canal español de la CCTV

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